Estados de la piel

Envejecimiento (tipos de envejecimiento)

La piel sufre con el paso del tiempo un descenso de la regeneración tisular que permite de forma fisiológica la oxidación de los tejidos.

La epidermis se vuelve más delgada y es menos eficiente para regenerarse. En la dermis disminuye la producción de colágeno, lo que da lugar a mayor flaccidez. Y en el tejido subcutáneo perdemos células adiposas, de modo que disminuyen su volumen y elasticidad.

Esto sucede de forma natural y objetivamente lo podemos apreciar cuando de manera paulatina aparecen arrugas, líneas de expresión, y pérdida de volumen y de firmeza (menor densidad de tejido).

Envejecimiento genético o cronológico

Es el tipo más común y fisiológico. Depende de la carga genética, de la raza o del tipo de piel predominante.

La prevención es fundamental para su adaptación.

Envejecimiento inducido o fotoenvejecimiento

La exposición solar es el principal factor externo responsable del envejecimiento cutáneo. La radiación solar provoca oxidación tisular, lo que se traduce en daño en la piel, de modo que disminuye su capacidad de regeneración y protección. Ese daño continuado en la superficie cutánea se convierte en arrugas y en alteración de la pigmentación.

Otros factores como la contaminación, el tabaquismo o déficits nutricionales son importantes para acelerar el proceso de envejecimiento natural.

Envejecimiento hormonal

Este tipo de envejecimiento se presenta en las mujeres y se debe fundamentalmente al descenso estrogénico que se produce en la menopausia.

Esta disminución hormonal provoca un aumento de la pérdida de colágeno en la dermis, con una disminución de la elasticidad, del grosor de la piel y de la cohesión intercelular. Además, se produce una disminución de la hidratación, con una alteración en la pigmentación y el temido descenso de la renovación celular.

Manchas en la piel

Las manchas en la piel o melanodermias se producen por una alteración en el proceso de pigmentación natural cutáneo.

La melanina es la sustancia que confiere pigmentación a la piel. En tanto en cuanto se acumule más (hiperpigmentación) o menos (hipopigmentación), tendremos diferentes tipos de manchas:

Manchas hiperpigmentadas (hipercrómicas)

Manchas seniles
Son las más frecuentes y están relacionadas con la exposición al sol.

Melasma o cloasma
Se trata de una zona amarronada que puede agravarse con el pico estrogénico del embarazo.

Postinflamatoria
Tras una inflamación tisular, como una herida, pueden aparecer zonas de mayor pigmentación.

 

Nevus melanocíticos
Son neoformaciones de melanocitos (lunares) de forma circular y que pueden estar sobreelevados.

Melanoma
Neoplasia maligna de melanocitos de bordes irregulares y con pigmentación anómala que crece progresivamente y puede dar metástasis a distancia. Te recomendamos que siempre que tengas alguna duda con cualquier mancha, consultes con tu dermatólogo (Regla, Asimetría, Borde, Color, Diámetro, Evolución).

Manchas hipopigmentadas (hipocrómicas)

Vitíligo
Se trata de una enfermedad autoinmune que provoca la desaparición de la pigmentación.

Acné

El acné vulgaris es una afección cutánea caracterizada por un exceso de producción de sebo, que aparece fundamentalmente en la adolescencia. Es en esta etapa cuando se produce el pico androgénico necesario para el desarrollo de las glándulas sebáceas.

Existen diferentes tipos de lesiones cutáneas (comedones, pápulas, pústulas y nódulos).

Se caracteriza por una hiperproliferación epidérmica folicular (las células no se descaman), un exceso de producción de sebo que produce un bloqueo de los poros, y por tanto lesiones cutáneas que provocan inflamación y aumento de la actividad del Propionibacterium acnes.

Existen varias formas clínicas, como el excoriado, el cortisónico y el acné conglobata.

Sudor excesivo

El sudor excesivo o hiperhidrosis se entiende como la producción aumentada de sudor respecto a la de las condiciones fisiológicas normales.

Afecta al 2 % de la población general y existen diferentes alternativas terapéuticas, como antitranspirantes tópicos, infiltraciones de toxina botulínica, iontoforesis, anticolinérgicos, betabloqueantes, antidepresivos o incluso la simpatectomía endoscópica.

Rosácea o cuperosis

La rosácea es una alteración crónica cutánea que afecta al rostro y produce crisis de enrojecimiento (flushing) y lesiones permanentes localizadas en la zona central de la cara (mejillas, frente, nariz, boca y mentón).

Puede causar telangiectasisas (dilataciones vasculares), pápulas-pústulas (lesiones que contienen pus), rubefacción, síntomas oculares (prurito o blefaritis) o engrosamiento de la superficie de la piel que afecta a la nariz (rinofima), la frente, los pómulos, el mentón, las orejas o los párpados.

El tratamiento se basa en la protección cutánea (ante la radiación ultravioleta, el frío, etc.), en el cuidado de la piel (jabones hipoalergénicos) y en tratamientos orales (tetraciclinas, isotretinoína, sulfonas) y tópicos (metronidazol, ivermectina, ácido azelaico).

En muchos casos, la rosácea se puede confundir con otras alteraciones de la piel, como la dermatitis atópica o el acné, ya que los síntomas pueden parecer similares a simple vista.

Deshidratación

La piel puede sufrir un estado de deshidratación por pérdida de agua, en el que se observan líneas de expresión más marcadas y aumento de la descamación. Se pueden asociar, además, sequedad, prurito e inflamación.

Esto sucede cuando las capas de la piel no pueden preservar la humedad del ambiente ni las moléculas de agua necesarias. Al disminuir el agua, las células mueren con mayor rapidez y se produce una mayor descamación porque perdemos células que mediante una estructura hidratada en capas profundas y superficiales podríamos mantener.

Aportando una mayor concentración de emolientes conseguimos preservar esa estructura porque no perdemos moléculas de agua y la piel seguirá ofreciendo sus funciones de barrera. Además, si conseguimos disminuir las condiciones adversas (radiaciones ultravioletas, frío, calor, humedad, etc.), podremos recuperar firmeza y luminosidad.

Piel sensible

La piel sensible o intolerante es una afección en la que la piel no tolera el uso de sustancias tópicas y reacciona ante el contacto con ellas, provocando prurito, inflamación, irritación y eritema.

Normalmente se debe a una enfermedad cutánea subyacente como la rosácea, la dermatitis (atópica o seborreica) o los eccemas de contacto.

Su tratamiento debe ir dirigido a prevenir el contacto de la sustancia con la piel y al cuidado diario mediante sustancias hipoalergénicas y no irritantes.